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Teníamos una asignatura pendiente con este restaurante, ya desde hacía tiempo, pero nos parecía una culinaria demasiado esotérica para nuestros gustos. Aunque ahora que parecía haberse tirado a cocina un poco más clásica, y que le han dado la segunda "estrellita", ya no podíamos dejar de ir. El problema es que la asignatura la ha suspendido el restaurante, pero a conciencia, pues nunca habíamos salido con tal "cara de tontos" de un sitio.
Febrero/2011 El restaurante está ubicado en la ladera del monte, lejos de la civilicación, y en un gan edificio que también dobla como bodega. Al estar tan aislado no se puede ir más que a comer, nada de dar un paseo antes o después de la comida. El sitio es muy grande, pero al ir un día entre semana (y con la crisis...) estuvimos en un comedorcito lateral con cosa de una docena de mesas. Mesas amplias, bien espaciadas, con mesitas auxiliares... o sea puesto bastante correctamente. El comedorcito estaba casi lleno, nos pareció ser con gente que comía mayormente una especie de "menú del día". El servicio fué correcto en todo momento, un poco frío pero bien. La carta de vinos no te la esperas en un sitio de este supuesto nivel: es mala, mal organizada, con bastantes Riojas y unas muestras de otras denominaciones, y precios altos. Al final bebimos un Summa Varietalis: rico, pero caro. La carta es muy peculiar, con todos los primeros (y algún segundo) por medias raciones "por concepción y equilibrio de los platos" (sic). No muy amplia, con cosas modernas, mezcladas con otras bastante clásicas (sobre todo en los segundos). Y no con la filosofía "molecular" que tuvo al comienzo, salvo quizás en el tamaño de las raciones, pues realmente son tercios o cuartos de ración, eso sí: a precios de ración entera. Al final picamos con el timo éste de las medias raciones, y pedimos 2 medias de primero para cada uno, una de pescado dividido en dos, y dos medias de carne, más un postre. Todo ello por bastante más de 200€. Pero no me voy a adelantar... así que sigo con los platos: Antes de comenzar pusieron sin preguntar 3 panes a cada uno. Trozos de hogazas pequeñas, ricos. Que casi todo el mundo acababa... imagina por qué ;) Luego sacaron un par de aperitivos: Gel de ibérico y esponjoso de patata, y Huevo trufado y cocinado a la inversa. Curiosos (para gustos), y para variar no los cobran. Y con un poquito de retraso ya comenzaron los platos, que intentamos pedir entre los que vimos más originales y atrayentes de la carta... Bogavante asado con refrito de hierbas y aromas de té ahumado. Muy exótica la presentación con una cúpula de cristal con el humo dentro. Pero el bogavante (3 trocitos de un bogavante pequeño) estaba hecho a la plancha, que no al horno, muy salado y un poco pasado. Con un caldito verde. Curioso, pero nada extraordinario. Papada de ibérico confitada y glaseada con croqueta líquida de jamón y jugo de pimiento asado al carbón. Típico ejemplo de plato que se tarda más en leer que en comer, pues tanta parafernalia se concretaba en un culo de un plato, donde se perdían 4 daditos (sí, del tamaño de un dado grande) de papada y 4 minicroquetitas (de medio bocao), regado con un caldo rojo oscuro que sabía mucho a pimiento choricero. Mucha modernez pero poco original, y podía estar mejor resuelto. Rodaballo, alcachofas e infusión de ave. El único pescado que no era una receta superclásica. El fondo de caldo de ave no pegaba nada con el rodaballo, y las alcachofas además de no ser de calidad también desentonaban, con un rodaballo hecho a la plancha simplemente correcto. Pichón en el bosque. Lo del bosque era una composición que te ponían en el centro de la mesa, echando humo y un aroma a algo... mientras te cuentan una novelita. En fin, que aparte de esa tontería (una para los 2, eso sí) lo que había para comer era 1 pechuguita de pichón con un fondo demasiado espeso de ave, 2 hojitas de pasta filo y bronce (imitando una hoja seca, lo más rico y original de la comida). El pichón crudo (o sea, demasiado poco hecho, y eso que a mí me gusta sangrante) y sin más interés. De postre, para añadir a nuestra recopilación que estamos haciendo entre todos los restaurantes de Vizcaya... Torrija caramelizada. Para variar había cantidad: Un gran tocho de brioche pesado, bañado en leche aromatizada, y caramelizada por encima. Francamente regularcejo. Al final como digo salimos del restaurante Azurmendi con sensación de timados, no solo por ser los platos caros (y escasos), sino porque tampoco son platos que te dejen emocionado, por mucha literatura que les pongan. Platos de esos puedes encontrar mejor planteados y resueltos (y más baratos) en muchos restaurantes. Así que de no volver ni recomendar.
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